Le métier de photographe

(Je m’excuse d’avance pour les possibles erreurs de grammaire et orthographe, je ne suis pas avec ma belle traductrice)

Comme photographe, tout nouveau que je suis, je me rends compte que le plaisir de travailler sur les images me fait rêver, fréquemment parfois ou parfoiment fréquent (pour quoi pas? -j’aime trop le “pour quoi pas” ici-), jusqu’à 4h du matin. J’aime vraiment bien le faire. Et aussi le fait de trouver un moyen pour envoyer un message. C’est toujours important aussi. Je dis, notre message à nous. Particulièrement j’essaye de donner quelque chose de beau, d’amusant, de sensuel, de bons moments… tout ça à la fois, et même un peu plus, mais on est là pour y-aller et le faire, pas trop pour essayer non plus.

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Un día me di cuenta de… o de que…

Un día me di cuenta de la cantidad de imágenes que había. Un día me di cuenta de que yo no era sólo un reflejo. Un día me di cuenta de cierta distinción entre el juicio y la locura. Un día me di cuenta de que eso no era un oxímoron. Me di cuenta de la ferocidad del tiempo con respecto a la velocidad humana. Me di cuenta de que, también, a veces vamos más rápido que su compañera. Me di cuenta de eso. Pero me di cuenta de que eso no existe sin el segundo. ¿O el opuesto primero? En fin, creo que un dia no me voy a dar cuenta de lo que siga después de que me vaya. O quizás me dé cuenta de que, de alguna manera, lo sabía.

Autre

On doit, on est obligés de sortir à la recherche de nouvelles choses tout le temps. Même à l’infini. Parce que c’est de là qu’on trouve le chemin. C’est du temps que l’on a la capacité de comprendre. De lui donner du sens. Pour quoi-t-il arrive ça, à ce moment, dans cet endroit, à moi? On est obligés de se détacher du control du temps. De notre temps. On doit s’affamer de la différence. De ce qui est altérité. De ce qui change le boucle qu’on nous fait croire depuis des siècles. Voilà sortir. Voilà voler. Voilà moi et l’autre à la fois.

Siguiente, por favor

Uno ve ahora que los adultos, los nuestros, están bastante a fondo con internet. Sobretodo con algunos juegos malsanos que andan sueltos por ahí. Pero lo gracioso del asunto es que apenas les hacés un comentario sobre el tema, ellos inmediatamente responden como cubriéndose de un ataque intelectual: “no, no, yo la compu la uso re poco”. No tengan miedo mis adultos, nosotros hacemos lo mismo. Perdemos gran parte (gran parte) de nuestra vida ahí adentro. O la creamos también ahí adentro, pero eso es harina de otro costal. La diferencia es que lo aceptamos. Lo tomamos como nuestro, porque estamos metidos a fondo casi desde siempre. En cambio, para ustedes, es una vergüenza. Ahora, no ocurre lo mismo con la televisión. Pero lo que es aún más gracioso del asunto es que cuando alguien nos dice algo sobre un programa de TV, nosotros contestamos casi con cierta dignidad: “no, no, yo no tengo tele”. ¿Ah no? ¿Y eso que es? Y ahí, la vergüenza. Intentás explicar con toda franqueza y tranquilidad que sos amante del cine y que es por eso que te dijiste que podría estar bueno un 79000 pulgadas, LCD, con hiperventilación del pal-n/ntsc. Ah no, eso era antes. Claro, somos los adultos de ellos. Sí, esas personas raras. Con cuerpos pequeños e ideas gigantes. ¿Qué vergüenza les estaremos legando? O mejor… ¿queremos legarles vergüenza? O virtud? Un poco de paz, un poco de libertad. De lo demás se van a encargar ellos. Pero hay que empezar rápido antes de que la Pacha Mama nos mande los glóbulos blancos.