25 años de socios

Desde detrás del legui y el anís los observo. Sus cubiletes gastados, sus mañas y sus antiguas gafas para ver de cerca. Día tras día. De la misma manera. Miles de dudas me corroen y me pregunto: ¿qué pensarán antes de dormir cada noche? Me intriga saber si aún mañana seguirán con ganas de repetir la rutina diaria de barajas españolas y café.

Suena “don’t dream it’s over” y otra pregunta me invade, ¿aún soñaran? 

Pareciera como si cada uno de ellos esperasen a su respectiva parca, con los dados en la diestra y listos para dejarse ganar. Debe ser desesperante, pero no alcanzo a verlo en ellos como para afirmarlo.

Algún día esas paredes quedarán libres de las curvadas y cansinas siluetas de los vitalicios socios. Algún día.

La muerte es necesaria

Hablando de la desintegración del ser humano con mi compadre llegamos a la conclusión de que la muerte es sabia, piadosa e indispensable.

Una mañana tras otra con mi dolor físico, un despertar cansino por parte de mi razón. Leo y comienzo el día con los fúnebres de las últimas páginas mientras desayuno con corticoides, mexitilén y beta-bloqueantes. Ese reloj maldito se descompuso de nuevo. Las agujas giran más lento que mi andar. La “mamma” pereció hace ya muchos años pero su sabiduría perdura por la eternidad. Ahora, solo, como he nacido, espero el retorno a la nada.

Henchido de vacío recuerdo todos los trenes que tomé y los veo tan lejanos como gastadas están las vías.

La mecedora del Rey Tánatos me sostiene. Mi cuerpo arrugado y erosionado por años ahora aguarda la finitud. Mi mente descansa sobre los recuerdos que me llevo al plus ultra.

Mis pies salen hacia adelante, llevándose los llantos externos y regalándome el regocijo que creo merecer.

Refugio para mi error ante la vista del juez

Pasaban las horas dentro de mi habitación, el reloj corría como huyendo de la vida misma, las palpitaciones de mi corazón no cesaban y por dentro sentía que ya estabas cerca. Dentro de una caja me he refugiado, un papel he llevado, únicamente para enjugar mis lágrimas. Allí aguardaba, paciente, tal como una sombra, como lo era en ese instante. Sin luz, todo es sombra, ahora pertenezco a eso, me definí como ello ante la luz del juicio. No llegabas aún. Comencé a desesperar. Desesperar ante la posibilidad de no encontrarte, de que no aparecieses. Ante la posibilidad de quedarme hundido en esta oscuridad al acecho de tu silueta. Mi corazón palpitaba con más fuerza, sentía como si quisiera escapar de mi pecho y huir como lo había hecho yo hacía tan sólo unas horas atrás. Miré el papel pero lo único que logré distinguir fue un espeso color negro, tan sólo yo sabía que eso estaba allí, yo solamente podía tocar esa hoja, la llevé hacia mis ojos y comencé a secar los primeros síntomas de una desilusión somatizada.

A cada instante mi razón proponía encontrar la salida pero mi ánimo no la acompañaba.

Creo que han pasado muchos años y mi cuerpo yace bajo la tierra.

Pensando en volver a verla fui enterrado, perdí mi tiempo por una ilusión eterna de lo ideal dentro de mi cabeza. Yo sabía que ella no volvería jamás pero nada de lo real que había en ese momento me lo impedía de ver. Ahora yo sabía la única verdad que en ese momento me estaba siendo revelada. La tumba de ella había sido cavada hacía años y un epitafio singular me dictó lo que nunca pude aceptar: “Amada mía, he llorado tempestades y he aislado mi conciencia, aún así no logro comprender tu pérdida. Hoy iré a buscarte, aunque mi error me dicte una eterna penitencia.

P y F

Puedo prescindir de primitivas persuasiones provocadas por paralelismos pobres que producen poder, pobreza y putrefacción. Parezco un prisionero perseguido por pautas primordiales de mi pensamiento. Posponiendo preocupaciones permito presiones para mi propio pecho y padezco puramente los problemas provocados por mi propia persona. Por un paraíso perdido pululo pensando en posibilidades pertinentes, pobres de peso, pero pasivas a la parcialidad. Fin

Némesis en mi cama

Hagamos el amor y después filosofemos, que sino el deseo se esfuma sin la volatilidad de las palabras, que lo carnal se desintegra si carece de un mundo previo ideal y que el roce de los labios sufre sin el preciado cantar de las voces. No conviertas tu ser en polvo, no transformes tu piel en sábanas, no dejes que tus ojos se despeguen de mi mirada y que tu mirada no se desvanezca en el devenir de la nada. Continúa decodificando mi mente, no te rindas ante la retórica de mi pensar, acaríciame la razón y besa mi sentir, que mi alma sin tus latidos retornará a su pesar. Hazme un último favor divina diosa de la venganza, si castigado con la locura seré, déjame en ese estado alguna vez creer, que he logrado desequilibrar el curso de mi maldito destino.