Del 6 al 21

Destruimos el mundo mientras no podemos dejar de pensar en hacer hijos. Qué trampa tan perversa la de regalarnos la oportunidad de explorar más allá de los límites de nuestra subsistencia. La de crear en el infinito contra nuestra propia finitud. La de caminar en inercia entre el humo del sonido.

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Te saco de mí en tinta porque no me dejás leer, sólo leerte. Morderte. Eso quiero. Pero no sé por qué. Y aún el por qué. La razón, la causa o el objetivo final. Si es que algo de todo eso hay. Porque lo único que veo es distancia. Distancia temporal, espacial, sensorial. Si sólo tu voz escuché lejana una vez. Si sólo tu olor sentí y olvidé. ¿Por qué entonces? ¿Por qué? Porque no me dejás leer, sólo leerte. Releerte. Verte. Cogerte. Fuerte. Tan fuerte como la niñez perdida. Como lo inimaginable de tu cuerpo. Como el deseo perenne de un olvido sin grito. Sin voz, sin boca ni aliento.

La preexistencia futura

Me cuestiono ¿qué hacer cuando el ¿por qué? se transforma en ilusión? Si su respuesta sólo está al alcance del devenir y no de la razón presente. Joven eterna y total inexperta cuando del tiempo se trata. No hay miedo, si no hay por qué. Pero esta vez sin pregunta. Porque eso ya pasó. Si pasó antes, quiere decir que también pasó después. Es ahora una cuestión de elegirlo. De señalarlo con el dedo. Y de tomarlo. Hacerlo propio. Esa es la esencia de una realidad hecha de nubes y de sueños. En verdad existes desde siempre.